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Cuando los primeros rescatistas llegaron hasta el lugar donde cayó el helicóptero Bell 412, el silencio de la montaña contrastaba con la magnitud de la tragedia. En medio de quebradas, piedras y un paisaje tan imponente como hostil, encontraron una escena devastadora: el fuselaje de la aeronave había quedado prácticamente destruido por la violencia del impacto y la mayoría de las víctimas permanecía en su interior.
Pero recuperar los cuerpos no era una tarea que pudiera comenzar de inmediato.

Antes de que alguien moviera una sola pieza de la aeronave, la Justicia Federal ordenó preservar intacta la escena del accidente. Durante horas, peritos de Criminalística fotografiaron cada detalle, registraron la posición de los restos del helicóptero y de las víctimas, realizaron mediciones y documentaron todo aquello que pudiera aportar respuestas sobre las causas de la tragedia. Cada imagen y cada evidencia pasarán a formar parte de una investigación que busca reconstruir los últimos minutos del vuelo.
Recién cuando concluyó ese trabajo comenzó una nueva misión: sacar a las víctimas de un lugar donde prácticamente no existen caminos.

El Bell 412 cayó en una zona de extrema dificultad del Parque Provincial Ischigualasto, en el departamento Valle Fértil. Allí no llegan vehículos y el acceso solo es posible a través de senderos de montaña, pendientes pronunciadas y un terreno cubierto de rocas. La primera alternativa fue tan dura como inevitable: ingresar caminando y recorrer cerca de 15 kilómetros para llegar hasta los restos de la aeronave.
El desafío era todavía mayor al regreso. Los rescatistas debían trasladar los cuerpos en camillas por el mismo recorrido, atravesando un paisaje que exigía cada paso y multiplicaba los riesgos para quienes participaban del operativo.
Frente a esa realidad, las autoridades decidieron incorporar un helicóptero para apoyar la recuperación de las víctimas. La aeronave permitió acortar los tiempos y aliviar una tarea que, de otra manera, habría demandado muchas más horas de esfuerzo en uno de los terrenos más complejos de la provincia. Aun así, el rescate no pudo realizarse íntegramente por vía aérea: parte del recorrido continuó desarrollándose por tierra hasta alcanzar un punto donde era posible efectuar la evacuación con seguridad.

Mientras el operativo avanzaba, efectivos de la Policía de San Juan, Bomberos, Gendarmería Nacional, Protección Civil y brigadistas especializados trabajaban de manera coordinada, enfrentando no solo las dificultades de la geografía, sino también la responsabilidad de preservar cada evidencia que pudiera ayudar a esclarecer lo ocurrido.
La recuperación de las siete víctimas se transformó así en una misión tan compleja como dolorosa. En cada decisión pesó la necesidad de equilibrar dos objetivos: brindar una respuesta a las familias y, al mismo tiempo, proteger la escena de un accidente cuya investigación recién comienza.
Detrás de las imágenes de helicópteros, montañas y equipos de rescate hubo horas de trabajo silencioso, precisión técnica y un profundo respeto por quienes perdieron la vida en una tragedia que enluta a San Juan y conmueve a todo el país.


Las siete víctimas cumplían funciones esenciales en la respuesta a emergencias y la protección de la comunidad. En el helicóptero viajaban Carlos Heredia, director de Protección Civil de San Juan; Germán Videla, subjefe de la Policía de la provincia; Rubén Castro y Jorge Carbajal, reconocidos jefes del cuerpo de Bomberos; el piloto Matías Valenzuela, responsable de conducir la aeronave en una misión de alto riesgo; y los brigadistas de la Agencia Federal de Emergencias Rodrigo Aimetta y Andrés Boch, este último oriundo de Traslasierra, Córdoba. Todos integraban el operativo destinado a combatir los incendios forestales que afectan a la provincia cuando ocurrió el fatal accidente, dejando una profunda pérdida para los organismos de emergencia y para las comunidades a las que dedicaban su servicio.