“Cuando la vida te da una segunda oportunidad: la historia del escultor correntino Carlos Uruzola”

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Sus esculturas no son solo objetos de hierro: son historias de superación y esperanza, un testimonio tangible de que incluso las tragedias más extremas pueden convertirse en un motor para la creatividad y la vida.
Cada caballo, colibrí o gigante de la Estación Torrent lleva consigo la memoria de su experiencia, la cicatriz que casi le quita la vida y la fuerza para levantarse, recordando que la verdadera obra de arte es aprovechar cada oportunidad que la vida nos da.

En una entrevista con el Programa «Turno Mañana» de Radio Uno Mocoretá, Carlos Uruzola, artista oriundo de La Cruz, Corrientes nos cuenta su historia, un verdadero ejemplo de resiliencia y creatividad. Parece sacada de una película. Mientras cazaba carpinchos en el campo, un animal lo mordió y, al caer con un machete en la mano, sufrió una herida gravísima. Quedó con los intestinos expuestos durante casi dos horas y, en medio del monte, el traslado para salvarle la vida fue toda una odisea. Primero lo llevaron a caballo hasta el centro de salud más cercano, donde recibió atención inicial, y luego tuvo que ser trasladado a Santo Tomé, a más de 90 kilómetros, para recibir la cirugía que finalmente lo salvó, en ese trajín lo único que le preocupaba era despedirse de su padre porque sentía que no sobrevivía para contarlo.


El accidente le dejó una importante cicatriz que le impidió cumplir su sueño de ingresar a Prefectura, a pesar de intentarlo tres veces. Ninguna fuerza lo aceptó por ese motivo. Tras esto, Carlos probó diversos oficios: trabajó de albañil, carpintero y en otros trabajos del pueblo, pero pronto se dio cuenta de que no era feliz. Fue entonces cuando regresó al taller de su padre, aprendió a soldar y comenzó a crear sus primeras piezas: triciclos porta macetas, porta velas y cosas pequeñas.


Con el tiempo, se especializó en obras de mayor tamaño, caballos, hasta esculturas monumentales, fue perfeccionando proporciones, detalles y acabados. Su método combina bocetos iniciales y trabajo a ojo, ajustando esqueleto y volumen, y siempre tomando referencias de la realidad, observando fotografías y estudiando cada animal o figura que representa. Cada pieza de hierro pasa por un proceso meticuloso: Carlos retira las puntas filosas, limpia el óxido con cepillo y amoladora y finalmente barniza, logrando un acabado brillante, seguro y profesional.


Para conseguir el material que necesita, recorre talleres mecánicos y de motos, además de chatarrerías de su localidad y de pueblos cercanos, lo que le permite abastecerse para trabajos pequeños, medianos y monumentales. Su creatividad y dedicación hicieron que sus obras trascendieran fronteras: hoy, sus encargos llegan a Estados Unidos, Barcelona y Puerto Rico, llevando su arte a colecciones internacionales.

Entre sus trabajos más grandes destacan tres esculturas de casi cuatro metros en el ingreso a Estación Torrent, en homenaje a los trabajadores ferroviarios, con figuras que sostienen martillos, palas y durmientes.

Entre sus clientes famosos se encuentran Virginia Gallardo, reconocida figura política y mediática correntina, y Alan Velasco, jugador de Boca Juniors, quienes adquirieron personalmente algunas de sus esculturas.

También realizó esculturas para bomberos, hogares de adultos mayores y clientes particulares. Además, sus piezas más pequeñas, como colibríes y mariposas, son muy apreciadas por su estética delicada y significado simbólico, convirtiéndose en elementos deseados para jardines y espacios privados. Entre sus clientes famosos se encuentran Virginia Gallardo y un jugador de Boca, quienes adquirieron personalmente sus esculturas.


La vida también le dio otra sorpresa: después de ocho años intentando ser padres, él y su esposa esperan su primer hijo, un regalo inesperado que, para Carlos, simboliza otra segunda oportunidad, al igual que su vida y su arte.
“Cuando pensaba que mi vida se había acabado, Dios me dio otra oportunidad. Y eso es lo que hago con mi arte: aprovecharla al máximo, crecer y seguir creando”, reflexiona Carlos.

A pesar de los desafíos que implica trabajar con materiales recuperados y realizar piezas de gran tamaño, Carlos asegura que se puede vivir del arte. “Gracias a Dios sí se puede vivir. Cuando uno empieza, hay que aguantar un poco y organizarse, pero con perseverancia se puede llevar una vida tranquila dedicándose a lo que uno ama”, explica. Esto demuestra que la pasión, el esfuerzo y la dedicación pueden transformarse en un oficio sostenible y exitoso.

Sus esculturas no son solo objetos de hierro: son historias de superación y esperanza, un testimonio tangible de que incluso las tragedias más extremas pueden convertirse en un motor para la creatividad y la vida.
Cada caballo, colibrí o gigante de la Estación Torrent lleva consigo la memoria de su experiencia, la cicatriz que casi le quita la vida y la fuerza para levantarse, recordando que la verdadera obra de arte es aprovechar cada oportunidad que la vida nos da.


Para conocer más sobre sus trabajos y encargos, se puede seguir a Carlos en Instagram: @carlos_Uruzola allí figura su número de teléfono o visitar su página de Facebook Esculturas Carlos Uruzola


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